Ayuno.

San Jerónimo (347-420), por Guido Reni (1575- 1642).

Prólogo

Dejo unos textos sobre el ayuno. Rescatados de entre otros textos execrables de una web conciliar (caminitoespiritual.blog). Tengan cuidado con esa web.

San Antonio Abad

«El demonio teme al ayuno, la oración, la humildad y las buenas obras; y queda reducido a la impotencia, ante la Señal de la Cruz»

(San Antonio Abad).


«Entonces el demonio lo dejó»

«Entoncesel demonio lo dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo.» (Mt 4,11)

De la misma manera que el deseo de la luz es propio de los ojos sanos, el deseo de la oración es propio del ayuno llevado con discernimiento. Cuando un hombre empieza a ayunar, desea que los pensamientos de su espíritu estén en comunión con Dios. En efecto, el cuerpo que ayuna no soporta dormir toda la noche sobre su cama. Cuando la boca del hombre ha sido sellada por el ayuno, éste medita en estado de compunción, su corazón ora, su rostro es grave, los malos pensamientos le abandonan; es enemigo de codicias y de vanas conversaciones. Nadie ha visto jamás a un hombre ayunar con discernimiento y estar sujeto a malos deseos. El ayuno llevado con discernimiento es como una gran mansión que acoge todo bien…

Porque desde el principio se dio a nuestra naturaleza la orden de ayunar, para no comer el fruto del árbol (Gn 2,17), y es de allí que viene quien nos engaña… Es también por él que comenzó nuestro Salvador, cuando fue revelado al mundo en el Jordán. En efecto, después del bautismo, el Espíritu le condujo al desierto, donde ayunó cuarenta días y cuarenta noches.

Todos los que desean seguirle hacen lo mismo desde entonces: es sobre este fundamento que comienzan su combate, porque esta arma ha sido forjada por Dios… Y cuando ahora el diablo ve esta arma en la mano del hombre, este adversario y tirano se pone a temblar. Piensa inmediatamente en la derrota que el Salvador le inigió en el desierto, se acuerda de ella, y su poder se siente quebrado. Desde el momento en que ve el arma que nos dio el que nos lleva al combate, se consume. ¿Hay un arma más poderosa que el ayuno y que avive tanto el corazón en la lucha contra los espíritus del mal?

Isaac el Sirio, Discursos ascéticos,1ª serie, nº 85.


El ayuno, por Santo Tomás de Aquino

I. Se ayuna principalmente para tres fines:

1º) Para reprimir las concupiscencias de la carne. Razón por la cual dice el Apóstol: «En
ayunos,en pureza» (II Cor 6, 5), porque por los ayunos se conserva la castidad. Pues, como dice San Jerónimo: «Sin Ceres y Baco fría está Venus, esto es, por la abstinencia en el comer y beber se calma la lujuria»².

2º) Se ayuna para que el espíritu se eleve con más libertad a la contemplación de las cosas sublimes. Por eso se lee en Daniel que después de un ayuno de tres semanas recibió de Dios la revelación (10, 2 y sgtes).

3º) Para satisfacer por los pecados. Por eso se dice en Joel: «Convertíos a mí de todo vuestro corazón, con ayuno, y con llanto, y con gemidos» (2, 12). Y esto es lo que dice San Agustín: «El ayuno purica al alma, eleva el pensamiento, somete la carne propia al espíritu, hace al corazón contrito y humillado, disipa las nubes de la concupiscencia, extingue los ardores de la liviandad y enciende la luz verdadera dela castidad».³

II. El ayuno cae bajo precepto. Pues el ayuno es útil para borrar y contener la culpa, y para elevar la mente a las cosas espirituales; y como cada cual está obligado por razón natural a usar tanto de los ayunos cuanto le sea necesario para los nes indicados; por eso el ayuno en general, cae bajo el precepto de la ley natural, pero la determinación del tiempo y modo de ayunar según la conveniencia y utilidad del pueblo cristiano cae bajo precepto del derecho positivo, el cual ha sido instituido por los prelados de la Iglesia: éste es el ayuno de la Iglesia; mas el otro es el ayuno natural.

III. Convenientemente se determinan los tiempos del ayuno de la Iglesia. El ayuno se ordena a dos cosas: a borrar el pecado y a elevar el espíritu a las cosas sobrenaturales. Por eso debieron prescribirse los ayunos, especialmente en aquellos tiempos en que convenía que los hombres se puricaran del pecado y se elevase la mente de los eles a Dios, por la devoción.

Ambas cosas urgen principalmente antes de la solemnidad pascual, en la que se perdonan las culpas por el bautismo, que se celebra solemnemente en la vigilia de Pascua, cuando se recuerda la sepultura del Señor, pues por el bautismo somos sepultados con Cristo en muerte (como dice el Apóstol, Rom 6, 4). También en la esta de Pascua conviene especialmente elevar el espíritu por la devoción a la gloria de la eternidad, que Cristo inauguró resucitando. Por eso estableció la Iglesia que debía ayunarse inmediatamente antes de la solemnidad pascual, y por la misma razón en las vigilias de las estas principales, en las que conviene que nos preparemos a celebrar devotamente las estas futuras,

Santo Tomás de Aquino, Meditaciones, 2a 2ae, q. CXLVII, a. 1, 3 y 5

² Contra Jovin, lib. II, cap. 6.
³ De orationeet jejunio, Serm. 230 De temp


«Entonces ayunarán» (Mt 9,15)

Evangelio según San Mateo 9,14-15
Se acercaron a Jesús los discípulos de Juan y le dijeron: “¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?”.

Jesús les respondió: “¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo
está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán.

Adhiérete a Cristo
¿Por qué el ayuno de Cristo no es corriente entre todos los cristianos? ¿Por qué los
miembros no seguirán a su Cabeza? (Col 1,18). Si de esta Cabeza hemos recibido los bienes ¿por qué no vamos a soportar los males? ¿Queremos rechazar su tristeza y comulgar con sus gozos? Si es así nos mostramos indignos de formar parte de esta Cabeza. Porque todo lo que él ha sufrido ha sido por nosotros. Si nos repugna colaborar a la obra de nuestra salvación ¿en qué vamos a demostrar que queremos ayudarle? Ayunar con Cristo es realmente poco para quien debe sentarse con él a la mesa del Padre. Dichoso el miembro que se habrá adherido en todo a esta Cabeza y le habrá seguido dondequiera que vaya (Ap 14,4). Ya que si llegara a ser cortado y separado de él, forzosamente se vería inmediatamente privado del aliento de vida…

Para mí, oh Cabeza gloriosa y bendita por los siglos, sobre la cual se inclinan los ángeles con avidez (1P 1,12), es un bien adherirme completamente a ti. Te seguiré donde quiera que vayas. Si pasas por el fuego, no me separaré de ti ni temeré ningún mal, porque tu estás conmigo (Sal 22,4). Tú cargas con mis dolencias y sufres por mi. Tú, el primero, has pasado por el pasaje estrecho del sufrimiento para ofrecer una ancha entrada a los miembros que te siguen. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? (Rm 8,35)… Es este el perfume que baja de la Cabeza hasta la barba, que baja también hasta la franja del vestido para que quede ungido hasta el más pequeño hilo (Sal 132,2). En la Cabeza reside la plenitud de las gracias, y de ella las recibimos todos. En la Cabeza reside la plenitud de la misericordia, en la Cabeza la profusión de los perfumes espirituales, tal como está escrito: «Dios te ha ungido con aceite de júbilo» (Sal 44,8)…

Y a nosotros, ¿qué es lo que el evangelio nos pide en este comienzo de Cuaresma? «Tú, dice, cuando ayunes, perfúmate la cabeza» (Mt 6,6). ¡Admirable condescendencia! El Espíritu del Señor está sobre él, ha sido ungido por él (Lc 4,18), y, sin embargo, para evangelizar a los pobres, les ha dicho: «Perfúmate la cabeza».

San Bernardo de Claraval


Si usted es capaz de ayunar

Si usted es capaz de ayunar, usted hará bien en observar algunos días más allá de lo que
están clasicadas por la Iglesia, porque además el efecto normal del ayuno en el crecimiento de la mente, el sometimiento de la carne, es lo que conrma la bondad, y la obtención de una recompensa celestial, es también un gran punto para ser capaces de controlar la codicia, y para mantener a los apetitos sensuales y a todo el cuerpo sujeto a la ley del Espíritu; y a pesar de que puede hacer muy poco, el enemigo, sin embargo, se encuentra más en el temor de los que él sabe pueden ayunar.

San Francisco de Sales


La oración llama, el ayuno intercede, la misericordia recibe

Tres son, hermanos, los resortes que hacen que la fe se mantenga rme, la devoción sea
constante, y la virtud permanente. Estos tres resortes son: la oración, el ayuno y la
misericordia. Porque la oración llama, el ayuno intercede, la misericordia recibe. Oración, misericordia y ayuno constituyen una sola y única cosa, y se vitalizan recíprocamente.

El ayuno, en efecto, es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Que nadie trate de dividirlos, pues no pueden separarse. Quien posee uno solo de los tres, si al mismo tiempo no posee los otros, no posee ninguno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le suplica.

Que el que ayuna entienda bien lo que es el ayuno; que preste atención al hambriento quien quiere que Dios preste atención a su hambre; que se compadezca quien espera misericordia; que tenga piedad quien la busca; que responda quien desea que Dios le responda a él. Es un indigno suplicante quien pide para sí lo que niega a otro.

Díctate a ti mismo la norma de la misericordia, de acuerdo con la manera, la cantidad y la rapidez con que quieres que tengan misericordia contigo. Compadécete tan pronto como quisieras que los otros se compadezcan de ti.

En consecuencia, la oración, la misericordia y el ayuno deben ser como un único intercesor en favor nuestro ante Dios, una única llamada, una única y triple petición.

Recobremos con ayunos lo que perdimos por el desprecio; inmolemos nuestras almas con ayunos, porque no hay nada mejor que podamos ofrecer a Dios, de acuerdo con lo que el profeta dice: Mi sacricio es un espíritu quebrantado: un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias. Hombre, ofrece a Dios tu alma, y ofrece la oblación del ayuno, para que sea una hostia pura, un sacricio santo, una víctima viviente, provechosa para ti y acepta a Dios. Quien no dé esto a Dios no tendrá excusa, porque no hay nadie que no se posea a sí mismo para darse.

Mas, para que estas ofrendas sean aceptadas, tiene que venir después la misericordia; el
ayuno no germina si la misericordia no lo riega, el ayuno se torna infructuoso si la misericordia no lo fecundiza: lo que es la lluvia para la tierra, eso mismo es la misericordia para el ayuno. Por más que perfeccione su corazón, purique su carne, desarraigue los vicios y siembre las virtudes, como no produzca caudales de misericordia, el que ayuna no cosechará fruto alguno.

Tú que ayunas, piensa que tu campo queda en ayunas si ayuna tu misericordia; lo que
siembras en misericordia, eso mismo rebosará en tu granero. Para que no pierdas a fuerza de guardar, recoge a fuerza de repartir; al dar al pobre, te haces limosna a ti mismo: porque lo que dejes de dar a otro no lo tendrás tampoco para ti.

San Pedro Crisólogo, Sermón 43 (PL 52, 320.322)


«El ayuno de los amigos del Esposo» (cf. Mt 9,14-17)

Evangelio según San Mateo 9,14-17.

«Se acercaron a Jesús los discípulos de Juan y le dijeron: “¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?”.

Jesús les respondió: “¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo
está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán. Nadie usa un pedazo de género nuevo para remendar un vestido viejo, porque el pedazo añadido tira del vestido y la rotura se hace más grande.

Tampoco se pone vino nuevo en odres viejos, porque los odres revientan, el vino se derrama y los odres se pierden. ¡No, el vino nuevo se pone en odres nuevos, y así ambos se conservan!”.

«El ayuno de los amigos del Esposo» (cf. Mt 9,15)

¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos frecuentemente, mientras que, tus discípulos no ayunan? ¿Por qué? Porque para vosotros, el ayuno es un asunto de la ley y no un don
espontáneo. En sí mismo el ayuno no tiene sentido, lo que cuenta es la intención de aquel
que ayuna. ¿Que provecho pensáis sacar, vosotros que ayunáis contrariados y forzados? El ayuno es un arado maravilloso para labrar el campo de la santidad, cambia los corazones, desarraiga el mal, arranca el pecado, quita el vicio, siembra la caridad; mantiene la fecundidad y prepara la siega del inocente. Los discípulos de Cristo, ellos
están colocados en el corazón mismo del campo maduro de la santidad, reúnen los
gérmenes de las virtudes, alegran el Pan de la nueva recolección; no pueden pues practicar ayunos en adelante pasados de moda…

«¿Por qué tus discípulos no ayunan?» El Señor les responde: «¿los amigos del Esposo,
pueden ayunar mientras el Esposo está con ellos?» Aquel que se casa deja el ayuno de lado, deja la austeridad; se entrega por entero a la alegría, participa en el banquete; se muestra en todo afable, amable y contento; hace todo lo que le sale del cariño que siente por su mujer. Cristo celebraba entonces sus bodas con su Iglesia; también aceptaba participar en sus comidas; no rechazaba aquellas que le invitaban; lleno de benevolencia y de amor, se mostraba humano; accesible, amable. Lo que quería era unir al hombre con Dios y hacer de sus compañeros miembros de la familia divina.

San Pedro Crisólogo
Sermón: Los amigos del Esposo
Sermón sobre Marcos 2; PL 52, 287


Ayuno

El ayuno en sí no es una virtud, pues lo observan los buenos y los malos, los cristianos y los paganos. Los antiguos filósofos lo guardaban y recomendaban, sin que por eso fueran
virtuosos ni pusieron en práctica ninguna virtud ayunando; el ayuno solo y es virtud cuando va acompañado de las condiciones que lo hacen agradable a Dios; de ahí que aproveche a unos y no a otros, porque no todos lo observan de igual manera. Esto lo vemos en los mundanos, que piensan que para ayunar bien durante la cuaresma no hace falta sino privarse de comer viandas prohibidas; pensamiento demasiado grosero para entrar en el corazón de religiosas, pues a vosotras es a quienes me dirijo, y a las personas consagradas a Nuestro Señor. Estas saben que no basta ayunar exteriormente si no se ayuna interiormente, si al ayuno del cuerpo no acompaña el ayuno del espíritu.

Nuestro divino Maestro, que instituyó el ayuno, quiso en el sermón de la montaña enseñar a sus apóstoles el modo de practicarlo (Mt 5,15-18), pues es de gran provecho y utilidad, ya que no hubieran podido la grandeza y majestad de Dios enseñar una doctrina inútil; pero, sabiendo que para aprovechar la fuerza y la ecacia del ayuno se requiere algo más que la abstención de manjares prohibidos, les instruyó, y como consecuencia, les dispuso a recoger los frutos propios del ayuno, que son muchos; y entre todos los demás, estos cuatro: el ayuno fortica el espíritu, morticando la carne y su sensualidad; eleva el alma a Dios; abate la concupiscencia, dando fuerzas para vencer y amortiguar sus pasiones; y, por n, dispone el corazón a no buscar más que agradar puramente a Dios. No creo inútil explicar lo que se debe hacer para practicar bien el ayuno cuaresmal porque aunque todos estén obligados a saberlo y practicarlo, las religiosas y las personas consagradas a Dios lo están más especialmente. Sobre y las condiciones requeridas para ayunar bien, voy a señalaros tres principales.

La primera es que se debe ayunar de todo corazón, es decir, de buen corazón, con entero corazón, totalmente. Si os cito las palabras de san Bernardo respecto al ayuno, sabréis no solamente por qué está instituido, sino también cómo se debe guardar.

Dice san Bernardo que el ayuno fue instituido por Nuestro Señor como remedio de nuestra boca, de nuestra gula y de nuestra glotonería; pues como el pecado entró en el mundo por la boca, es razonable que también la boca haga penitencia con la privación de manjares prohibidos por la Iglesia, absteniéndose de ellos durante cuarenta días. Pero, añade este glorioso santo, que como no solo nuestra boca ha pecado, sino también todos nuestros sentidos, es preciso que nuestro ayuno sea entero y total, es decir, que hagamos ayunar a todos los miembros del cuerpo; porque si hemos ofendido a Dios con los ojos, con los oídos, con la lengua y con los demás sentidos, ¿por qué no los hemos de hacer también ayunar? No solamente hay que hacer ayunar a los sentidos del cuerpo, sino también a las potencias y pasiones del alma, al entendimiento, la memoria y la voluntad, puesto que el hombre ha pecado con el cuerpo y con el espíritu. ¿Cuántos pecados entran en el alma por los ojos, que la Sagrada Escritura (1 Jn 2,16) llama concupiscencia de la vista? Es necesario hacerlos ayunar, llevándolos bajos y no permitiéndoles mirar objetos frívolos e ilícitos; los oídos, privándoles de escuchar conversaciones vanas que no sirven sino para llenar el espíritu de imágenes mundanas; la lengua, no proriendo palabras ociosas relacionadas con el mundo o sus cosas. Se debe también cortar los pensamientos inútiles del entendimiento, así como las vanas representaciones de la memoria, los apetitos y deseos superuos de la voluntad, obligando al alma a que no ame ni tienda sino al soberano Bien; de esta manera acompañaremos el ayuno exterior con el interior.

Esto es lo que quiere indicarnos la Iglesia durante el santo tiempo de Cuaresma enseñándonos a hacer ayunar a nuestros oídos y a nuestra lengua; por eso suprime todos los cantos armoniosos, con el n de morticar el oído; no dice ya aleluya, se reviste de
ornamentos oscuros; y ya en el primer día nos dirige estas palabras: Acuérdate, hombre, que eres polvo y en polvo te convertirás (Gen 3,19), como si quisiera decirnos: «Abandona desde ahora mismo todas las alegrías y regocijos, todas las consideraciones alegres y placenteras, y llena tu memoria de pensamientos amargos, ásperos y dolorosos, haciendo ayunar de tal manera al espíritu con el cuerpo».

Así lo entendían los cristianos de la primitiva Iglesia, los cuales se privaban en este tiempo de las conversaciones ordinarias con sus amigos y se retiraban a lugares solitarios y apartados del bullicio del pueblo para hacer mejor la cuaresma. De igual modo, los antiguos Padres y los cristianos, hacia el año 400 después de Jesucristo, se preocupaban tanto de hacer bien la santa cuaresma, que no les bastaba con privarse de viandas y manjares prohibidos, sino que no comían ni huevos, ni pescados, ni leche, ni manteca, alimentándose de hierbas y de raíces. Y no contentos con hacer ayunar al cuerpo de esta suerte, hacían también ayunar al espíritu y a todas las potencias del alma. Ponían un saco sobre su cabeza para aprender a llevar la vista baja; esparcían ceniza sobre ella en señal de penitencia; se aislaban en la más completa soledad para morticar la lengua y el oído, sin hablar ni oír cosa vana e inútil. Practicaban ejemplarmente grandes y ásperas penitencias que maceraban el cuerpo y hacían ayunar todos sus miembros; y todo ello con entera libertad, sin verse forzados o constreñidos. Así es como su ayuno se cumplía con corazón entero y total; porque sabían bien que, como no solamente la boca había pecado, sino también los demás sentidos de nuestro cuerpo y las potencias del alma, sus pasiones y apetitos están, como consecuencia de ello, llenos de iniquidades. Es, pues, razonable que el ayuno, para que resulte entero y meritorio, sea universal, es decir, practicado por el cuerpo y por el espíritu. He aquí la primera condición para ayunar bien.

La segunda condición es no ayunar por vanidad sino por humildad; si el ayuno se hace sin humildad, no agradará a Dios. Todos los antiguos Padres lo han declarado así, pero particularmente santo Tomás , san Ambrosio y el glorioso san Agustín . San Pablo, en la epístola a los Corintios, que leíamos el domingo pasado, declara las condiciones requeridas para prepararse bien al ayuno de la cuaresma (1 Cor 13). La cuaresma se acerca; preparaos a ayunar con caridad para no ayunar inútilmente, puesto que el ayuno, como todas las demás buenas obras, si no se hacen en caridad y por la caridad, no es grato a Dios. Aunque os disciplinéis, aunque hagáis largas oraciones, si no tenéis caridad, de nada os sirve; aunque hagáis milagros, si no tenéis caridad, no os aprovecharán; hasta si padecierais martirios sin caridad, vuestro sacricio no valdría nada y no sería meritorio a los ojos de la Divina Majestad; pues todas las obras, pequeñas o grandes, por buenas que sean en sí mismas, nada valen ni aprovechan si no se hacen en la caridad y por la caridad. Y yo digo lo mismo: si vuestro ayuno se hace sin humildad, de nada sirve y no puede ser agradable al Señor. Los filósofos paganos ayunaban así, y su ayuno no fue apreciado por Dios. Los pecadores ayunan de esta manera, pero como no tienen humildad, no les aprovecha nada. Si, como dice el apóstol, cuanto se hace sin caridad es desagradable a Dios, yo os digo que, si ayunáis sin humildad, vuestro ayuno no os servirá de nada; si no tenéis humildad, estaréis sin caridad; si no tenéis caridad careceréis de humildad, ya que es casi imposible tener caridad sin ser humilde y ser humilde sin tener caridad; pues estas dos virtudes poseen tal simpatía y conveniencia, que no pueden ir nunca la una sin la otra.

Pero ¿qué es ayunar con humildad? No ayunar por vanidad. ¿Cómo se ayuna por vanidad? De cien maneras nos señala la Sagrada Escritura; pero me contentaré con deciros una, pues no quiero cargar vuestra memoria con muchas cosas. Ayunar por vanidad es ayunar por la propia voluntad cuando esta voluntad no está libre de vanidad o, por lo menos, de la tentación de vanidad. Y ¿qué es ayunar por propia voluntad? Es ayunar como uno quiere y no como los demás quieren; ayunar como nos place y no como se nos ordena y aconseja. Encontraréis quienes desean ayunar más de lo necesario y quienes no quieren ayunar como es debido. ¿Quién hace eso sino la vanidad y la propia voluntad? Todo lo que viene de nosotros nos parece mejor, mucho más fácil y cómodo que lo que el prójimo nos obliga a hacer, aunque ello sea más útil y propio para nuestra perfección; cosa esta natural y que nace del gran amor que nos tenemos a nosotros mismos.

Pongamos cada uno la mano en el corazón, y veremos cómo cuanto viene de nosotros, de
nuestros propios sentidos y elección, lo estimamos y amamos mucho más que lo que nos
viene del prójimo. Tenemos en ello una cierta complacencia y casi siempre vanidad. Hay mujeres que quieren ayunar todos los sábados del año y no en la cuaresma; están dispuestas a ayunar en honor de la Virgen y no lo quieren hacer en el de Dios Nuestro Señor, como si Nuestro Señor y la Virgen no tuvieran idéntico culto; como si honrando al Hijo con el ayuno hecho en su atención no se contentara a la Madre o como si, honrando a la Virgen, no se agradara al Salvador: ¡Qué gran locura! Ved lo que es el espíritu humano; porque el ayuno que esas personas se imponen el sábado en honor de nuestra gloriosa Señora sale de su propia voluntad, les parece que es más santo y que les conduce a una mayor perfección que el ordenado en la cuaresma. Y así no ayunan como es debido, sino como ellas quieren.

Otros pretenden ayunar más de lo mandado, de los cuales el gran apóstol se quejaba (Rom 14,1-6) diciendo: nos preocupan mucho dos clases de cristianos en lo que respecta al ayuno; los unos no quieren ayunar cuanto deben y no pueden contentarse con los manjares permitidos (lo que hacen, aún hoy muchos mundanos, los cuales alegan para ello mil razones; pero no estoy aquí para hablar de tales cosas, pues me dirijo a religiosas). Los otros ―dice san Pablo― quieren ayunar más de lo debido.

Con estos tenemos más trabajo; a los primeros les demostramos claramente que están
contraviniendo la ley de Dios y que, no ayunando cuanto está ordenado, pudiéndolo hacer, infringen los mandamientos. Nos cuesta más convencer a los débiles y enfermos, que no tienen robustez para ayunar y no quieren oír razones a favor de que no están obligados; y, a pesar de que se lo y digamos, se empeñan en ayunar más de lo exigido, no queriendo utilizar los alimentos que les ordenamos. Estos no ayunan por humildad, sino por vanidad; no quieren admitir que, estando débiles y enfermos, hacen mucho más por Dios no ayunando, comiendo lo que se les manda, que queriendo abstenerse por su propia voluntad; porque, si bien, a causa de la debilidad, su boca y no puede abstenerse de comer, deben hacer ayunar a los demás sentidos del cuerpo y a las pasiones y a las potencias del alma.

No hagáis ―dice Nuestro Señor― como los hipócritas, quecuando ayunan están tristes y melancólicos con el fin de ser elogiados por los hombres y estimados grandes ayunadores; sino que vuestro ayuno sea hecho en secreto. Lavaos entonces el rostro, ungíos la cabeza; y vuestro Padre celestial, que está en lo secreto de vuestro corazón, os lo recompensarán (Mt 6,16-18). Nuestro divino Maestro no quiere enseñar que no debe preocuparnos la edificación del prójimo, pues san Pablo dice: Que vuestra
modestia se manieste a todos (Flp 4,5). Los que ayunan durante la santa cuaresma no han de esconderse para hacerlo; la Iglesia manda el ayuno y quiere que cada uno sepa que lo observamos. No debemos, pues, ocultar que lo guardamos a quienes nos lo pregunten para su edificación, pues estamos obligados a evitar todo motivo de escándalo a nuestros hermanos. Pero cuando Nuestro Señor dice: Haced vuestro ayuno en secreto, quiere decir: «No lo hagáis para ser vistos y estimados por las criaturas humanas; no hagáis vuestras obras para los ojos de los hombres; cuidaos de edificarlos bien, pero no para que os tengan por santos y virtuosos. No seáis como los hipócritas, no tratéis de parecer mejores que los otros practicando más ayunos y penitencias que ellos».

El glorioso san Agustín, en la Regla que escribió para sus religiosos y también en la de sus
religiosas (pues redactó las dos sucesivamente), manda que se ayune en comunidad, como se pueda[1], queriendo decir: «No seáis más virtuosos que los demás, no pretendáis ayunar más, ser más austeros ni morticaros más de lo que está ordenado; haced solamente lo que hacen los demás y lo que se os manda en las Reglas, según la forma de vida que tengáis, y contentaos con ello». Pues aunque el ayuno y las demás penitencias sean buenas y laudables, si no son practicados por aquellos con quienes convivís existiría particularidad y, por lo tanto, vanidad o, por lo menos, alguna tentación de sobrestimaros por encima de los que no hacen como vosotros, con cierta complacencia de vosotros mismos, como si os tuvierais por más santos que ellos haciendo tales cosas. «Seguid, pues, en todo a la comunidad ―dice san Agustín―. Que los fuertes y robustos coman lo que se les manda, que guarden los ayunos y austeridades señalados y que se contenten con eso; que los débiles y enfermos reciban lo que les sea dado para su debilidad, sin desear hacer lo que hacen los robustos; y que ni unos ni otros se entretengan en mirar si este come y aquel no come sino que cada uno quede satisfecho de lo que tiene y de lo que se le dé; de esta manera evitaréis la vanidad y la particularidad».

No se me traigan ejemplos para aducir que no hay tanto daño en no llevar vida común; que no se me diga que san Pablo, el primer ermitaño, vivió hasta los noventa años en una gruta sin oír la Santa Misa, y que es necesario, por tanto, que yo me quede retirado en soledad, en mi habitación, para allí tener éxtasis y arrobamientos, en lugar de bajar a los ocios. No, que no me digan nada de esto. Lo que hizo san Pablo fue por una inspiración particular, que Dios quiere que sea admirada, pero no imitada. Dios le inspiró retiro tan extraordinario con el n de que los desiertos, entonces deshabitados, se volvieran aceptables; y así, después, muchos Santos Padres vivieron en ellos; pero tal inspiración no fue dada para que cada uno siguiera a san Pablo, sino para que él fuera espejo y prodigio de virtudes, digno de ser admirado por todos, aunque no imitado. Que no se mencione tampoco a san Simón Estilita, que vivió durante cuarenta y cuatro años sobre una columna, haciendo doscientos actos de adoración cada día por medio de genuexiones[2]; porque obraba de esta manera, como san Pablo, por una inspiración completamente particular, queriendo Dios hacer ver en él un milagro de santidad y cómo los hombres son llamados y pueden llevar en este mundo vida celestial y angélica.

Que se admiren, pues, todas esas cosas, pero que no se me diga que sería mejor retirarse en soledad, al igual que estos dos grandes santos, sin mezclarse con los demás ni hacer lo que ellos hacen, y entregarse a grandes penitencias. «No aparezcáis más virtuosos que los demás ―dice san Agustín―; contentaos con hacer lo que ellos hacen; llevad a cabo vuestras buenas obras en secreto y no para ser vistos de los hombres. No hagáis como la araña, que representa a los orgullosos, sino como la abeja, símbolo del alma humilde. La araña teje su tela a la vista de todo el mundo y nunca en secreto; va hilando por los vergeles, de árbol en árbol, en las casas, en las ventanas, en los techos; es decir, a los ojos de todos. Se parece en esto a los vanidosos e hipócritas, que lo hacen todo para ser vistos y admirados de los hombres; pero sus obras no son sino telas de araña, propias para ser arrojadas al fuego del inerno. Las abejas son más sabias y prudentes, pues fabrican la miel en la colmena, donde nadie puede verlas, y se construyen celdillas donde prosiguen en secreto su trabajo; esto representa muy bien al alma humilde, siempre retirada dentro de sí misma, sin buscar ninguna gloria ni alabanza por sus acciones, sino manteniendo escondida su intención, contentándose con que Dios la vea y sepa lo que hace».

Os voy a contar un ejemplo, pero familiarmente, como quiero platicar con vosotras. Es de
san Pacomio[3], ilustre patriarca de monjes, de quien os he hablado a menudo. Paseaba un día con algunos Padres del Desierto, hablando de cosas santas y devotas, pues aquellos bienaventurados no hablaban nunca de cosas vanas e inútiles, siendo todos sus discursos piadosos e interesantes. Durante la conferencia, uno de los monjes, que había hecho dos esteras en un día, fue a extenderlas al sol en presencia de los Padres. Estos le vieron perfectamente, pero a ninguno se le ocurrió pensar por qué lo hacía, pues no se preocupaban nada de las acciones ajenas. Creyeron, pues, que su hermano obraba naturalmente y no sacaron ninguna consecuencia de ello. No acostumbraban a censurar las acciones del prójimo; no eran como los que van siempre criticando los hechos de los demás, haciendo de todo lo que ven comentarios e interpretaciones.

Aquellos buenos monjes no pensaron, pues, nada del que así extendía sus dos esteras; pero san Pacomio, que era su superior y a quien correspondía examinar el móvil que le empujaba, entró un poco en consideración sobre esta acción, y como Dios da siempre luz a los que le sirven, le hizo conocer que tal hermano estaba guiado por el espíritu de vanidad y de complacencia por sus dos esteras, y que obraba con el n de que él y los demás Padres vieran que había trabajado mucho aquel día.

Los antiguos religiosos se ganaban la vida con el trabajo de sus manos; se dedicaban no a lo que querían o les gustaba, sino a lo que se les ordenaba; ejercitaban su cuerpo con las faenas manuales, y el espíritu con la oración, uniendo así la acción a la contemplación. Su más corriente quehacer era trenzar esterillas, de las que cada uno debía hacer una por día. El hermano de que hablamos había hecho aquel día dos; pensó por eso que era más activo que los demás; las extendió al sol ante su vista para que estos se dieran cuenta. Pero san Pacomio, que tenía el espíritu de Dios consigo, hizo que fueran arrojadas al fuego; mandó a todos los monjes orar por el que había trabajado para el inerno y le recluyó en su propia celda durante cinco meses como penitencia de su falta a n de servir de ejemplo a los demás y enseñarle a hacer sus obras con humildad.

¡Que no se parezca vuestro ayuno al de los hipócritas, que ponen caras de melancolía y no estiman santos a quienes no aparecen acos, como si la santidad consistiera en la delgadez! Santo Tomás de Aquino no era delgado, sino muy grueso, y sin embargo fue santo. Del mismo modo, muchos otros, que a pesar de no ser delgados no dejaban de ser austeros y excelentes siervos de Dios.

El mundo, que no mira sino al exterior de las cosas y de los hombres, no estima santos más que a aquellos que están magros y enaquecidos. El espíritu humano no considera más que la apariencia; y realiza todas sus obras para aparentar ante los hombres.

Dice Nuestro Señor: No hagáis como esos; que vuestro ayuno sea en secreto, a los ojos de
vuestro Padre celestial, y Él os mirará y os recompensará. Esta es la tercera condición
requerida para ayunar bien: mirar a Dios y hacer todo lo posible para agradarle,
recogiéndonos en nosotros mismos a imitación de cierto gran santo[4], que se retiró a un lugar secreto y apartado, donde permaneció algún tiempo sin que nadie supiera donde estaba, contentándose con que el Señor y sus ángeles lo supieran. A pesar de que todos los hombres deben buscar el agradar solo a Dios, las religiosas y todas las personas consagradas deben tener cuidado muy particular de esto, sin pensar más que en Él, contentándose con que Él solo vea sus obras y sin esperar recompensas más que de Él. Lo enseña muy bien el gran padre de la vida espiritual, Casiano, en su libro Colaciones [5], tan admirable, que grandes santos apreciaban mucho su contenido, hasta el extremo de no acostarse nunca sin haber leído un capítulo para concentrar su espíritu en Dios . Dice, pues: ¿De qué te servirá lo que haces a los ojos de las criaturas? Solo de vanidad y de orgullo, lo cual no es bueno más que para el inerno; pero si cumples tu ayuno y todas tus obras por agradar solo a Dios, trabajarás para la eternidad, sin complacerte en ti mismo, ni preocuparte de si eres visto o no por los hombres, puesto que lo que haces no es para ellos ni es de ellos de quien esperas recompensa. Debemos, pues, hacer nuestro ayuno en humildad y en verdad y no en mentira e hipocresía; es decir, para Dios y para agradarle solo a Él.

No son necesarios grandes discursos ni aguda discreción para comprender por qué se ordena el ayuno, y si está vigente para todos o solamente para algunos. Sabemos que fue impuesto en expiación del pecado de nuestro padre Adán, que prevaricó, rompiendo el ayuno mandado por la prohibición de comer la fruta del árbol de la ciencia. Por ello, la boca ha de hacer penitencia absteniéndose de los manjares prohibidos. Muchos tienen dicultades a este respecto, pero no estoy aquí para responderles, ni menos aún para decir quiénes son los que están obligados a ayunar, pues nadie ignora que los niños no lo están, ni tampoco las personas de más de sesenta años.

Dejemos, pues, eso y veamos más bien, con tres ejemplos que os referiré, cómo es peligroso quererse hacer los discretos sobre los mandamientos de Dios o de nuestros superiores. Dos están sacados de la Sagrada Escritura, y el otro, de la Vida de San Pacomio.

El primero es de Adán, que habiendo recibido de Dios el mandato de no comer del fruto prohibido bajo pena de perder la vida, lo infringió empujado por Eva, a quien la serpiente había engañado. Pensando en su defensa, se dirían: «Aunque Dios nos haya amenazado de muerte no moriremos por esto; no nos habría creado para hacernos morir». Y, comieron la fruta y murieron de muerte espiritual (Gen 3,1-6).

El segundo ejemplo es de ciertos discípulos de Nuestro Señor, que entendiendo que él
hablaba de darles su carne y su sangre en forma de comida y bebida, quisieron hacerse los discretos y prudentes preguntando cómo podría comerse la carne y la sangre de un hombre. Pero, como querían razonar, Jesucristo los reprendió (Jn 6,61-67).

El tercer caso está sacado de la Vida de san Pacomio [6]. Habiendo salido éste cierto día de su monasterio para algún asunto que tenía en la gran abadía de su orden, donde habitaban tres mil monjes, recomendó a sus hermanos cuidaran de algunos hermanos pequeños que habían venido a él por particular inspiración. Como la santidad de los Padres del desierto se había extendido por todas partes, algunos jóvenes acudían a ellos y rogaban al santo que los recibiera para vivir según sus normas y costumbres. Este, conociendo que eran enviados por Dios, los había aceptado y tenía con ellos una solicitud muy especial. Al marcharse, recomendó se les cuidara y se les diera de comer hierbas cocidas; en esto consistían todos los mimos que se daba a aquellos muchachos. Pero apenas el santo Padre se ausentó, los monjes ancianos, pretendiendo ser más austeros, no quisieron comer hierbas cocidas, contentándose con comerlas crudas. Viendo lo cual, los que se encargaban de la comida pensaron que era tiempo perdido el cocer más hierbas puesto que, aparte de aquellos muchachos, nadie las comía.

Regresando san Pacomio al monasterio, salieron todos como abejas a su encuentro, besándole la mano unos, el vestido otros, como correspondía a Padre querido. Uno de
aquellos jóvenes le dijo: «¡Ah padre mío, qué ganas tenía de que volvieras, pues no hemos comido hierbas cocidas desde tu marcha!». Oyendo esto Pacomio, se afectó muchísimo e hizo llamar al cocinero, a quien preguntó por qué no había cocido las hierbas. Este le contestó que porque nadie las comía fuera de los muchachos y por estimarlo cosa inútil; pero que no había descansado y había hecho unas esteras. El santo Padre le reprendió por esto grandemente en presencia de todos y ordenó se arrojaran al fuego las esteras, diciendo que había de quemarse todo lo que se había hecho sin obediencia. «Porque ―añadió― yo sabía lo que estos jóvenes necesitaban y no se les puede tratar como a los otros; sin embargo, habéis querido, en contra de la obediencia, haceros los discretos».

He aquí cómo los que olvidan las órdenes y los mandatos y de Dios, que hacen interpretaciones o se las quieren dar de prudentes en las cosas mandadas, se ponen en
peligro de muerte; pues todo el trabajo realizado según su propia voluntad o según la discreción humana, no es digno sino del fuego.

Esto era cuanto tenía que deciros respecto al ayuno y cuanto es menester observar para
ayunar bien. Lo primero, que vuestro ayuno sea entero y general; es decir, que hagáis
ayunar a todos los miembros del cuerpo y a las potencias del alma, llevando la mirada baja o, al menos, más baja que de ordinario; guardando más silencio o, al menos, guardándolo más puntualmente que de costumbre; morticando el oído y la lengua para no oír ni decir nada vano e inútil; el entendimiento, para no considerar sino asuntos piadosos y santos; la memoria, llenándola del recuerdo de cosas ásperas y dolorosas y olvidando las graciosas y alegres; y, en n, sujetando vuestra voluntad y vuestro espíritu a los pies del crucijo y a algún santo y doliente pensamiento. Si hacéis así, vuestro ayuno será entero, interior y exterior, pues morticaréis el cuerpo y el espíritu. La segunda condición es que no cumpláis vuestro ayuno ni llevéis a cabo vuestras obras para agradar a los hombres, y la tercera, que realicéis todos vuestros actos y, por consiguiente, vuestro ayuno, para agradar solo a Dios, al cual se rinda todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

(Oeuvres X, Ed. Annecy. 9 febrero de1622)

[1] Carta 211, 5 y 9.
[2] Vidas delos Padres, lib.X, c.26.
[3] Surio, en el día 14 de mayo.
[4] Vida desan Gregorio Magno según Juan Diácono, 44; Vidas delos Padres, lib.X, c.37.
[5] Cf. lib.V, c.12; libro VIII, c.1.
[6] Vidas delos Padres, lib.I, c.43.


Los textos están rescatados desde caminitoespiritual.blog. Mi agradecimiento a su autora Sor carolina de Jesús pero, cuidado, tengan prudencia con este mencionado blog, ya que es modernista y contiene textos de autores heréticos. Desconozco cuál es la situación personal de Sor Carolina de Jesús ni en qué situación se encuentra su comunidad ni bajo qué autoridad. El caso es que la Iglesia Católica tras la revolución del Concilio Vaticano II (1962-1965) dejó de ser católica; es decir, cayó en apostasía debido al fortísimo grado de infiltración que la masonería eclesiástica (italiana) ejercía en ella ya entonces. La Iglesia Católica hoy es protestante. Ahí está la Misa de Pablo VI (Novus Ordo Missae), una copia casi calcada de la misa calvinista, no es Católica. Hoy es peligroso acercarse a las instituciones oficiales de la Iglesia. Están en manos de la masonería internaciónal.

Les recuerdo la situación que ya se vivió en el siglo IV d.C. con el arrianismo. Tres cuartos de los Templos Católicos de entonces se pasaron a la herejía arriana.

“Ellos tienen los templos, nosotros la fe.” San Atanasio (Carta del año 356 d.C.)

El problema hoy es mucho más grave; es crítico.

Cuídense mucho.


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